No digo que mi perro sea cupido, pero es cupido

Se puede saber mucho sobre un hombre por la manera en que trata a sus perros. Mi exesposo llamaba a Tilly, nuestra labrador mestizo “pequeño monstruo”. La corría de nuestra cama (mientras le daba la bienvenida a nuestro otro perro) porque ella era muy cariñosa conmigo, o al menos eso supuse, y, al hacerlo, lograba castigarnos a ambas.

Tras nuestro divorcio, comencé a tener citas de nuevo, pero con reservas. Disfrutaba mi vida en un pequeño apartamento con suficiente espacio para mí y mis perros, Tilly y Chance, un pastor australiano mestizo. Su compañía era casi suficiente para mantener mi soledad alejada. Casi.

Mi primera cita con Steve fue en una cafetería-librería en Boulder, Colorado. Había llegado antes y estaba sentado en una mesa de la esquina con una taza medio llena de café negro mientras leía tres diarios. Tenía la barba recortada y su sonrisa era genuina.

Mientras charlábamos, me enteré de que, aunque tenía 52 años, jamás había estado casado. Su edad no era un problema —yo tenía 45—, pero su estatus de soltero empedernido me parecía un foco rojo. Una vez tuve una cita con un hombre que salía con sus parejas durante dos años y después rompía con ellas. Conocía su patrón, pero pensé que las cosas serían distintas conmigo. No fue así. Aprendí a poner atención en esos focos rojos.

Steve tenía una perrita, Molly, y una gata, Flora, ambas adoptadas de la misma organización humanitaria donde yo había sido voluntaria. Aunque me encantaba que fuera amante de los animales, me preocupaba que tres perros quizá fueran demasiados para una sola familia, y que mis perros atacaran a su gata. Claro que la primera cita era demasiado pronto para pensar en esas cosas, pero se me da muy bien preocuparme y detectar cualquier posible problema.

Después de una hora, Steve y yo caminamos hacia un restaurante para almorzar. Estábamos disfrutando tanto de la compañía que acordamos ir a cenar esa noche, y después nos despedimos a regañadientes.

Camino a casa en mi auto, sentí un alivio inmenso por haber conocido a alguien que compartía mis intereses y al que parecía gustarle. La mayoría de los hombres con los que había salido en Boulder estaban buscando a mujeres que fueran esquiadoras de nivel olímpico o, como mínimo, triatletas con cuerpos musculosos y esbeltos. En ese entonces, yo era más voluptuosa que esbelta, y dedicaba mi tiempo libre a la lectura y los animales. Estaba acostumbrada a ver la decepción en el rostro de mis citas cuando me veían por primera vez.

Camino a la cena esa noche, mi auto comenzó a tambalearse a una cuadra de mi casa. Después de estacionarme, descubrí que mi llanta estaba completamente ponchada. Llamé a Steve desde un costado de la calle para decirle que llegaría tarde.

“Iré por ti”, dijo.

Steve llegó poco después en un Subaru blanco. Bien pudo haber llegado montado en un corcel blanco.

La siguiente semana paseamos a nuestros perros alrededor de un lago para que pudieran conocerse. Era octubre y no les había llevado agua. El paseo no era largo, y no creí que hiciera calor, pero la temperatura aumentó bajo un sol brutal.

Cuando hicimos una pausa para recuperar el aliento, Steve se arrodilló. También me gustaba, ¿pero tan pronto? Desde luego, no me estaba proponiendo matrimonio.

Más bien se agachó para verter en la palma de su mano el agua que llevaba en una botella y se la ofreció a mis perros, que la aceptaron a lamidas. En ese momento, comencé a enamorarme de él.

Poco después, me invitó a su casa a cenar. Su hogar estaba lleno de madera oscura y, como él, despedía calor. En las paredes había fotografías en blanco y negro de bailarines y cascadas que él mismo había capturado. A diferencia del clásico apartamento de soltero, estaba inmaculadamente limpio (gracias a una trabajadora del hogar, según supe más tarde). Pero no olía a comida.

Provengo de una familia judía en la que alimentamos a los invitados hasta que les duela el estómago y después los enviamos a casa con lo que sobró. Después de que Steve me dio un recorrido por su casa, dijo: “¿Y si cenamos calabacines horneados?”.

¿Qué eso no era una guarnición? “Claro”, le dije, para no ser grosera.

Coció al vapor uno para cada quien. Era dulce y sustancioso, pero como platillo parecía poco. Resultó que no comía carne, algo más que teníamos en común, aunque eso no explicaba su escasa elección culinaria.

Como en cualquier relación, hubo fricciones.

“Quizá me corte el cabello”, le dije un día.

“Se te ve bien largo”, respondió.

No le había pedido su opinión. “Es mi cabello”, agregué. ¿Estaba siendo demasiado sensible? Me había hecho un cumplido. Pero sin remedio pensaba en todos los hombres para quienes no fui lo suficientemente atractiva.

Tuvimos nuestra primera pelea seria cuando Steve sugirió traer a su perrita, Molly, a mi apartamento para celebrar Año Nuevo y me dijo: “No quiero que esté sola”.

“Chance podría atacarla por proteger su territorio”, le dije.

“Los vigilaremos”, respondió Steve.

Él no conocía el historial de volatilidad de Chance. ¿Por qué no podía quedarse Molly en casa durante unas cuantas horas? Pensé que quería un amante de los animales, pero ahora me preguntaba si amaba a Molly demasiado. Descubrí que no era tan madura como para no estar celosa de un perro. Seguimos discutiéndolo y nos enojamos más.

La noche siguiente regresé a casa y vi un ramo de rosas que Steve había dejado afuera de mi puerta. Había trabajado hasta muy tarde, algo inusual, y las flores se habían congelado debido al frío. Más tarde, riendo, dijimos que eran “paletas heladas de rosas”, y nuestra pelea se acabó al instante.

En Año Nuevo, Molly vino a la casa y la noche pasó sin incidentes.

Seguimos saliendo, aunque ninguno de nosotros mencionaba el futuro. No estaba segura de que fuera el indicado para mí. Dudo que él lo pensara. Quizá ambos estábamos demasiado apegados a la independencia que con tanto trabajo nos ganamos como para considerar la fusión total de nuestras vidas. ¿Qué tan importante es vivir juntos si no se quiere tener hijos?

Había estado llevando a mis perros a un veterinario que está a media hora de mi casa, así que Steve me recomendó que me cambiara al suyo, que estaba más cerca. Algunas mujeres toman prestada la ropa de sus novios; nosotros comenzamos a compartir el veterinario. Cuando a Chance se le rompió un diente, lo llevamos para ver si necesitaban extraerlo. Mientras estábamos ahí, mencioné una protuberancia que hace poco había aparecido en la pata de Tilly.

No había que preocuparse por el diente, dijo el veterinario. Sin embargo, cuando observó la pata de Tilly su rostro expresó preocupación. “No me gusta esto”, dijo. Extrajo células de la protuberancia y, tras verlas bajo un microscopio, dijo que quería programar una intervención quirúrgica para extirpar la masa.

Después de que le quitaron el bulto, el veterinario me dijo que Tilly no debía hacer muchos movimientos durante seis semanas. Debido a que vivía en un apartamento pequeño, no sacaba a los perros menos de cuatro veces al día, y me preocupaba que Tilly tuviera que subir las escaleras constantemente hasta el segundo piso, pues la herida podía abrirse. Me dolía el pecho tan solo de pensar en eso.

“Quédate en mi casa mientras se cura”, propuso Steve.

Era demasiado pronto en la relación para que nos mudáramos juntos. No estaba segura de que alguna vez fuéramos a hacerlo. Aún estaba dolida por el divorcio. Él no había encontrado a la pareja adecuada en tres décadas de citas. Si no hubiera sido por esta situación, quizá jamás hubiéramos considerado ese periodo de prueba.

Pero no se trataba de nosotros, sino de Tilly. Y solo eran seis semanas.

En cuanto Chance vio a la gata de Steve, la miró con ojos de cazador. Steve tomó el collar de Chance y lo retuvo. Por suerte, Flora jamás corrió, lo cual hubiera detonado el instinto de caza de Chance. Solo se quedó viéndolo. Era su casa; Chance solo era un invitado. Si hubiera tratado de atacarla, no está claro quién habría ganado. Poco a poco, los tres perros formaron una jauría que, con entrenamiento, aprendió a respetar el espacio de Flora.

Steve y yo hicimos buen equipo cuidando a Tilly, mantuvimos seca su venda mientras iba al baño en la nieve, y nos asegurábamos de que no se moviera demasiado. También éramos buenos compañeros de casa.

Seis semanas después, el veterinario le quitó los puntos a Tilly. De regreso en la casa de Steve, empaqué mis cosas y volví a mi apartamento con mis perros. Pero el que alguna vez me había parecido un refugio ahora se sentía como un lugar vacío.

La mañana siguiente, le llamé a Steve. “Fue extraño pasar la noche sin ti”, le dije.

“Nosotros también los extrañamos”, respondió.

Ese día me mudé de vuelta con él. Un año después, para mi sorpresa y alegría, este hombre que jamás se había casado sacó una cajita con un anillo y me pidió que fuera su esposa. No se arrodilló, ni tenía que hacerlo. Eso solo es para darles agua a los perros que nos unieron.

No estoy diciendo que mi perro sea Cupido, pero… es difícil ignorar el resultado.

R. L. Maizes
Distribuido por: The New York Times Licensing Group
c.2020 The New York Times Company

R. L. Maizes es autora de la novela “Other People’s Pets”, que se lanzará en julio, y la colección de cuentos “We Love Anderson Cooper”.
(Material gráfico: Una ilustración de Brian Rea acompaña a este artículo).

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